“Cuando escribimos se cumplen nueve días desde que un cataclismo natural abriese la caja de Pandora de las pesadillas que la ficción fílmica y literaria ha soñado en el último siglo. Y, en concreto, las que desde la hecatombe de 1945 han tenido a Japón como escenario. A día de hoy resulta probable que se haya consumado un grave accidente cuando este texto vea la luz; y sólo posible que los operarios que se juegan la piel para aplacar Fukushima logren confinar al genio atómico en su arcón. Sobra añadir que, de cumplirse lo primero, se habrá desatado una calamidad sin apenas parangón, cuya gravedad oscilará entre el horror de Chernóbil y la devastación que remató la Segunda Guerra Mundial, cuando el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki sumó cerca de 150.000 muertos y una legión de heridos, amén de secuelas que aún duran. Sea cual fuere su desenlace, el presente trance deber suscitar una meditación que rehúya tanto el catastrofismo como la frivolidad, y que ante todo alumbre el hondo sentido de lo que ocurre en Fukushima, esa ominosa terminal de una civilización cegada por el mito del progreso y la tecnolatría.
Entre otras posibles, el desastre en ciernes insinúa una lección que, más allá del debate nuclear, la humanidad debería asumir so pena de que el sueño de su razón siga forjando monstruos, como expresó Goya en su aguafuerte preclaro. Una enseñanza sapiencial que no emana del acervo tecnocientífico de que dispone, sino de una antigua pero nada caduca herencia que los presentes sistemas de instrucción empujan al olvido. Los mitos de Occidente y Oriente lo ilustran a modo: a instancias del diablo, Adán y Eva muerden el fruto del árbol del conocimiento y son expulsados del paraíso; Prometeo arrostra un castigo feroz tras robar el fuego de la vida a Zeus y dárselo a los humanos; Nemrod porfía en alzar un colosal zigurat, cuya cúspide rete a Dios en su mismo cielo, pero éste lo destruye y trueca el idioma común en una Babel de lenguas; Dédalo implanta a su hijo Ícaro unas alas que lo elevan a las alturas, tanto que el sol derrite la cera que fija las plumas, y el joven se desploma al suelo en picado.
Del Génesis bíblico a Godzilla y El planeta de los simios – pasando por el Fausto de Goethe y Mann, el Frankenstein de M. Shelley o El aprendiz de brujo de Dukas-,la añeja lección enseña que ese arrogante desafuero contra los humanos límites que los griegos llamaron hybris -ese pecado de endiosada soberbia, en la tradición semita- se cobra siempre una factura impagable. Séase creyente, agnóstico o ateo, tales mitos sugieren una acientífica aunque abisal sabiduría acerca de los límites del poder y conocer que refuta la fe tecnocrática en boga. Pero también, al tiempo, narran y lamentan que el ser humano -ambiguo, indigente, ignorante a fuer de racionalista, casi siempre miope- a duras penas se muestre capaz de asumirlo. El frágil animal fantaseador que somos, en lúcido dictum de Nietzsche, tiende a vivir embriagado por una voluntad de poderío que le lleva a crecer, multiplicarse y extender su férula sin tasa, y a creer a pie juntillas en ilusiones y espejismos de toda especie.
Ni ángel ni bestia, según Pascal, se sueña no obstante Dios, y busca endiosarse a cualquier precio, embargado por una primordial idolatría en cuya entraña -como sugieren la caverna de Platón, el velo de Maya hinduista, La vida es sueño de Calderón o la película El show de Truman- vive sin darse cuenta.
Desencadenada por la naturaleza, la calamidad que acaba de azotar Japón es en sí inevitable. Pero la fisión atómica que amenaza desbocarse en Fukushima podría precipitar un impredecible cataclismo, riguroso fruto de la cultura y la acción -y omisión-humanas. Erigida sobre una inquieta falla tectónica por el único país que ha padecido el infierno nuclear, sus reactores no sólo encierran un posible -e irreversible- apocalipsis, sino una enseñanza implacable. A lomos de la opulencia tecnológica, la humanidad extiende su imperio a casi todos los rincones de la naturaleza y la vida. Y sin embargo, ebria de esa compulsiva ansia que parece catapultarla más alto aún, no repara en que la ilusión de progreso puede resultar en regreso. Ni tampoco en que el desafuero económico, biopolítico y medioambiental que la globalización fomenta deriva de su hybris sempiterna, que sólo una sabiduría basada en la autolimitación, la sobriedad y la mesura podría domeñar acaso.
Una lección de Fukushima, de Albert Chillón y Lluís Duch en La Vanguardia
A pesar del superlativo barroquismo que inunda el texto leído, el mensaje descifrado es claro: Dejemos de otorgarle importancia a la magnitud de la catástrofe y reflexionemos sobre cómo y quién nos ha llevado hasta este punto. Para expresar mi opinión sobre la actual catástrofe nuclear, permítanme remontar hasta la causa de este remoto origen: el afán lucrativo.
Llegó un día en que el animalillo que éramos abandonó el sílex, el fuego, en definitiva dejó de ser un homo neandertal para convertirse en un hombretón de negocios el cuál jugueteando con electrones, descubrió la electricidad. Este último animal, era ya más sofisticado y sus necesidades iban más allá de las más primarias en la pirámide de Maslow. Este fenómeno revolucionario de la electricidad, que aportaba comodidad en muchos aspectos, era una gran demanda en la ciudadanía. Para abastecer a cada uno de aquellos “hambrientos de luz” ingeniaron más tarde una manera de generar electricidad en grandes cantidades dando lugar a las gigantes centrales nucleares. Pocas fueron las previsiones a largo plazo del nuevo y caro juguete de la humanidad, aunque no ignorábamos todas sus posibles consecuencias, pero aún así la balanza lo decía bien claro: “sigamos adelante con el proyecto pues la demanda es grande y también lo son los beneficios”. Ahora nuestra balanza habla por sí sola: “No vale la pena seguir con el proyecto, pues la energía nuclear tiene muchos riesgos para el ecosistema”.
Si bien es cierto, que el pez grande come el pequeño, el león come a la cebra, el humano actual, come y controla lo que quiere. Pero no nos olvidemos, que detrás nuestro está la omnipotente fuerza de la naturaleza. Por si nos habíamos olvidado de ella, el 11 de marzo hizo una aparición que tuvo como escenario la isla de Japón, demostrándole al engreído humano que sigue siendo imparable. Después de la fuerte sacudida y el posterior tsunami, la isla sufrió recortes costaneros importantes, pero nada más. El culpable de la secuela más redundante –el desastre nuclear- tiene un nombre: el HOMBRE. El primer error, construir una central nuclear al nivel del mar en una zona de placa tectónica. El segundo error, seguir con los proyectos nucleares y no ingeniar otros de carácter ecológico.
No nos hacen falta más lecciones de la naturaleza, no nos falta conocimiento para ingeniar, tan solo nos falta un poquito más de tiempo, un buen gobierno en cada país que gestione bien el dinero y que sea capaz de abandonar otra crisis más, un Misterio de Educación que promueva agudizar el ingenio de los jóvenes para nuevas soluciones, una educación que promueva valores cómo el cuidado del medio ambiente y que el dinero no lo es todo.
En resumen, quizás, una vuelta atrás, tal y como proponen los autores, una vuelta a lo sencillo, a lo imprescindible, a lo natural.
Sin lugar a duda, lo sucedido en Fukushima es una lección a la humanidad ciega por satisfacer las necesidades a cueste lo que cueste. Kant, en su día se planteó cuatro dudas que aún a día de hoy siguen en el aire: